Recuerdo la primera mañana que caminé sola entre estos árboles. Llevaba meses con el cuerpo gritándome cosas que no quería escuchar. La agenda llena, la sonrisa puesta, y por dentro una sensación que no sabía nombrar — algo entre el agotamiento y la traición a mí misma.
El bosque no me dijo nada. No me dio consejos ni un plan de acción. Solo me dejó estar. Y en ese silencio — entre la tierra húmeda, el olor a bosque y el sonido del viento entre las hojas — algo que llevaba años bloqueado empezó a moverse.
No fue un momento dramático. Fue más sutil que eso. Fue como si mi cuerpo recordara algo que mi cabeza había olvidado.
Lloré sin saber por qué. Respiré profundo por primera vez en meses. Y cuando bajé del bosque esa tarde, no tenía respuestas — pero ya no necesitaba buscarlas fuera. Algo dentro de mí había vuelto a encenderse.
Si estás leyendo esto y algo resuena — si reconoces esa sensación de vivir en piloto automático, de sonreír por fuera mientras algo dentro se apaga — quiero que sepas que no estás rota. No necesitas arreglarte. Necesitas espacio para escucharte. Y este bosque sabe cómo dártelo.